EL RIESGO DE DOMESTICAR LA CURIOSIDAD
Uno de los rasgos importantes para comenzar a generar
estrategias en este sentido es el autoconocimiento. Cada alumno aprende de
forma diferente, y los métodos educativos formales no se pueden ajustar a las
particularidades de cada uno de ellos. Por lo tanto, saber qué medios son los
más atractivos para uno mismo, ayuda a que el aprendizaje sea más dinámico,
ameno e incluso divertido.
Sin embargo, lo que de verdad nos va a ayudar a lanzarnos a
navegar en busca de respuestas, es el autoconocimiento de aquello que conecta
con nuestra esencia, con aquel niño que hacía las cosas como un fin en sí mismo
y no como un medio para conseguir otros fines. Ese niño curioso, muere entre
otras cosas, porque la escuela le enseña que aprender es aburrido. Obligarle a
aprender cosas que no le interesan, forzarle a leer libros que le aburre, enseñarle
cosas que para él no tiene ninguna aplicación cercana. Todos esos años anclados
a una silla, escuchando un discurso de lo más tedioso, hace que al salir de la
etapa académica, el saber genere rechazo. Ya lo decía Ken Robinson, “la escuela
mata la creatividad”.
No obstante, aprender de forma autónoma, lo hacemos de manera natural. Cuando sentimos curiosidad por algo, de manera orgánica buscamos información y escuchamos a personas que saben sobre ese tema. La motivación intrínseca, la que mejor responde a nuestra naturaleza más íntima, es la mejor fuente de energía para empujarnos a responder a las preguntas que nosotros mismos nos hacemos. La curiosidad es la llave del conocimiento.
En este sentido, el concepto de PLE (personal learning
environment) nos ayuda a organizar este modelo de aprendizaje natural, el que
hacemos porque nos llama la atención algún tema concreto. Sin embargo, bajo mi
punto de vista, hay que tener cuidado para no volver a encorsetar en una sistematización
artificial la curiosidad innata. Cuando autores que tratan el PLE mencionan
cuestiones como la planificación, la supervisión del proceso, la autoevaluación
de los resultados, la organización del tiempo, establecer metas, comenzamos a instrumentalizar
la curiosidad. Parece que tenemos siempre que tener un objetivo, algo que alcanzar,
un lugar al que llegar, sin embargo, el fin no es lo importante, sino el
camino. El fin no debe exceder más función que la de motivarnos, solo así nos
es de utilidad, es como el horizonte de Galiano. Eduardo Galiano decía algo así
como “¿Para qué sirve el horizonte?, cada paso que damos, él da dos. No
obstante, el horizonte nos es útil porque nos ayuda a caminar”.
En conclusión, el PLE es un concepto interesante, pero
existe el riesgo de que nos lo tomemos demasiado en serio y eso mate el placer
de aprender. El descubrir es un proceso salvaje, que nace de nuestra curiosidad
natural, sistematizarlo demasiado puede acabar por domesticarlo, y dejarlo por
siempre en una jaula cuya puerta, aunque esté abierta, solo nos recuerda el miedo
a volar.

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